Vivimos en un mundo que nos satura, cada vez más, de información. En medio de la supremacía de la imagen, la soledad y el aislamiento de las infancias crece de manera preocupante. Adultos que vigilan, controlan y sobreprotegen, al tiempo que disminuyen su capacidad de hacer presencia.
Menos juego, menos exploración, menos espacios de encuentro con otros y la abundancia de pantallas que, no solo capturan la atención de las infancias, sino especialmente, la atención de los adultos que deberían acompañarlas.
En las Jornadas de Animación a la Lectura, la Escritura y al Arte que tuvieron lugar en Madrid en febrero 2026, la psicoanalista Lola López Modéjar habló de la proliferación de las redes sociales y de la adicción al mundo digital, como una realidad que se impone a costa de nuestra atención, nuestros afectos, nuestro pensamiento crítico y de la calidad de nuestros vínculos humanos. El tejido social es una zona de sacrificio contemporánea.
Si bien, cada vez más ampliamente, pediatras y psicólogos infantiles alertan sobre la importancia de restringir el uso de dispositivos y pantallas en la infancia para privilegiar las experiencias de interacción, exploración y juego al aire libre; los adultos nos vemos absorbidos por la proliferación de contenidos que socavan nuestro bienestar emocional y disminuyen nuestra disponibilidad para compartir el mundo infantil.
Han dicho los expertos que la batalla más importante de este siglo es la lucha por la atención. Se trata de una necesidad colectiva de ser escuchado, ser visto y ser atendido; determinante en los primeros años de vida. Entonces, aparece la lectura en voz alta como antídoto, con sus tiempos, con la lentitud que propone. A diferencia del teléfono móvil, el libro nos exige ser una voz que permanece y un cuerpo que se aproxima. La voz y el libro definen un instante donde existimos plenamente para el otro. La duración de la historia es la duración certera de la atención de quien nos lee. La hora del cuento es una hora donde la presencia deja de ser vigilancia y es también contacto, un acto de amor. No leemos para que nuestras infancias sean más inteligentes. Tampoco leemos para acumular datos e información ahora disponible en la inmediatez de cualquier lugar. Damos de leer para ofrecer una cura a la ausencia, a la segregación y al aislamiento. Damos de leer para dejar el recuerdo de una voz que es presencia. Y eso es, justo, lo que necesitan los humanos en sus primeros años de vida. Que nunca nos falte el juego ni la hora del cuento, que es la hora de la compañía, la hora que permanece.



